Al deshacer la maleta lo saqué. Aquel pijama que tantas noches había visto ahora olía a él. Fue en ese instante cuando deseé volver atrás en el tiempo y haber hecho caso a mi madre a la hora de sacar la ropa nada más llegar a casa. Me había dado cuenta de mi conforme situación, con mi falta de exigencia hacia mí misma. Por otra parte, me pasaba el día echándome la culpa de todo, y hacia reflexiones insulsas que me autorecriminaban verdades que, en el fondo, no eran tan ciertas. Me asombré al decir cientos de “es una larga historia”, historias de esas que en el fondo no son tan largas, pero no te apetece contar. Fingiéndome presuntuosa en el fondo me derrumbaba sobre mí misma, debajo de tanta piel y sonrisa idiota. Que hiciera ruido con mi nariz de tanto en tanto no indicaba un resfriado, si no una preocupación, incomprensión y rayada mental tal… que, dejando de lado meramente lo psicológico, me afectaba también en lo físico causándome una, de nuevo, preocupante e incomprensible lagrima. Y no sabía por qué. Últimamente era fácil creerle, lo era tanto que hacerlo resultaba instintivo. Y él lo sabía. Tanto era así que, extraño en mí, no necesitaba de pleno sus palabras. Por otra parte, y como de costumbre, cuando yo hacía alarde de mi nuevo maquillaje “valentía” y me limitaba a decir lo que realmente pensaba… lo manchaba poco a poco de distanciamiento y frialdad meramente inconsciente (o al menos eso me gusta pensar) hasta que, antes de querer darme cuenta, en una cama tan pequeña cada uno dormía en su propio espacio, sin rozarse. El detalle de que al sonar una canción que hablaba de ese sentimiento y palabra abismal que tanto miedo le provocaba (aunque solo tuviera cuatro letras) retirara su mano de mi rodilla era solamente eso, un detalle. Pero, aprovechando el espejo retrovisor, me miré la cara para ensayar otra sonrisa. Hasta que me di cuenta de que, ni habiéndome lavado la cara, se me habían borrado las huellas verticales de mis ojos hasta la barbilla. No. En absoluto. Lo último que quería era… ya no perder a alguien como él, sino perderle a él directamente. Lo que no sabía, era si ya lo había hecho. De ser así, estaba plenamente segura: había sido culpa mía. Y, aquel pijama que tantas noches había visto y ahora olía a él, seguía entre mis manos, cerquita de mi nariz. Porque lo que más duele perder es lo que no se gana, y todo se queda en casa lo que quieres, lo crees que va a pasar y lo que pasa.
2/4/09
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