Siempre supuso para mí un nivel superior, algo que podría algún día estar a mi alcance, pero de momento resultaba lejano. Era consciente de mi nula capacidad a la hora de causar en otros aquella sensación que habían causado en mí. Desmesurado. Hice de mi entusiasmo una rutina que no complacía ni al más conformista; “hipócrita” era un adjetivo que me describía lo suficiente (en ese instante) como para comprender el por qué de mi situación. ¿Por qué? Por que era incapaz de admitir que alguien me conmoviese, que de una forma tan autista me enganchara en su don del habla, magnetismo físico y capacidad social. Comencé a autoformularme preguntas que ni yo misma sabia responder ¿Acaso yo le quería? ¿Acaso él era extraordinario? No rotundo, pero resultaba obviamente innegable que, lo que sentía hacia él era diferente, extraño… un sentimiento que él desconocía pero que, al fin y al cabo, lo diferenciaba positivamente de los demás ante mis ojos. ¿acaso sabia quien era? tampoco... Como si yo le hubiese otorgado el don de ser el único capaz de captar todo mi interés, y yo plenamente consciente, concentrase toda mi energía en ofrecerle (desde un punto discreto) todo el bienestar que me fuera posible. Cada uno de mis movimientos estaban perfecta y minuciosamente planificados, toda una pena que los nervios me impidiesen llevarlos a cabo. ¿Victoria o Fracaso? Yo prefería la primera opción, la segunda era contradictoriamente la que predominaba.
2/4/09
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario