[b]Era exageradamente tarde, tanto que casi era demasiado temprano. Todo a oscuras, y de mi boca solo salía una frase: -“No te duermas”- de tanto en tanto, hasta lo pedía por favor. Incansables, sus manos, buscaban piel a la que acariciar… deleitándose en los brazos y espalda, yo era la primera que se dejaba llevar. La cama, pequeña, conseguía sobrarnos por todas partes. Primero silencio y luego risas… cada vez más y más tarde, un poco más temprano. Lo que más me dolió de estar contigo: oír todos mis defectos, lo peor de todo ello: que era yo quien los decía. Te doy a elegir… “yo o un cigarro” y te levantas a por el mechero. Me acomodo de tal manera… creando formas complejas, para que te sientes donde te sientes conseguir tenerte cerca. Desde aquí abajo tu barbilla resulta mucho más macilenta y de una calada… iluminas todo el cuarto. Pero, por favor, digo mientras te abrazo: -“No te duermas”- y mientras expulsas el humo, tu garganta acaricia de lado a lado tu cuello. Juego al enfado y te doy la espalda… cuento rápido hasta diez, aquí estas de nuevo, besándome. Al fin y al cabo… es un recreo. Sigues siendo un enigma. No paro de hablar y solo callo cuando quiero que te extrañes y preguntes que me pasa. “Un cenicero debería ser practico” dices mientras lo dejas en el suelo, y al girarte… creamos un nuevo silencio, pillándonos ambos con más ganas. Vuelvo a dejar mi espalda al aire, esperando que no intentes evitarla, vuelven a caminar los dedos de tu mano por la columna, mientras mis labios te suplican: -“No te duermas, anda”. [/b]
2/4/09
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