Estaba claro, es más, era algo francamente evidente. En aquel amplio y curioso montículo de tierra floreado de pinos, Demasiadas personas extrañamente agrupadas llevamos a cabo el dichoso concurso de paellas. El polígono industrial que nos rodeaba ofrecía supermercado y restaurantes, pero no pareció importarnos, la convivencia no seria lo mismo sin arena, piedras y desniveles. Me sentí sola, aunque los conocía a todos y más de uno era familiar pero, la relación y diferencia de edad me situaban algunos niveles por debajo en la lista de preferencias para mantener una charla, ya fuese animada o no. Me vi obligada a ayudar con la escasa tarea, así disimularía mejor que nadie me dirigía la palabra, para después comer a la inquieta sombra de lo que parecía ser un pino centenario MADE IN SPAIN. Cuando la luz de la tarde comenzó a tibiarse se acercaron, con claras intenciones egoístas, dos amigos de mi tío, el máximo culpable de mi presencia en el lugar. Uno de ellos, Aarón, escasas semanas atrás me había conseguido encandilar hasta el punto más miserable. Después de cientos de horas conversando por teléfono, de paseos por alicante… ni un saludo, ciertamente lo preferí. El otro permanecía serio y solo de tanto en tanto mostraba interés por la conversación. Escaló su risa perfecta con un repertorio de miradas frías que se clavaban en mi soledad, pero yo seguía distraída en otra mesa. Me llamó la atención el aro que muy erróneamente utilizaba para decorar su labio inferior. Diecinueve pensé, no más de diecinueve años. Claro… también pensé que no le volvería a ver. Tal vez por esa misma razón, me costó tanto aceptar que ya me marchaba, me agradó físicamente y no saber ni quien era me hizo llegar a la, más tarde errónea conclusión, de que no habría una próxima vez. No se cumplían dos meses de aquello cuando la misma mirada fría me acogió como si de un saludo se tratase. Todavía no sabia su nombre, solo que definitivamente era un gran amigo de algunos familiares míos, alguien que comenzaba a tomar partido en las actividades del grupo de amigos. Demasiadas veces se me había pasado por la cabeza pararme a hablarle del todo un poco. Una amiga me preguntó quien era, yo no lo sabia ni me importaba, pero estaba claro que era atractivo hasta un punto… suspensivo. Adiviné que esa mirada me traería problemas, unos ojos poco avenidos rodeados de gente excesivamente cercana. Cuando le dije a mi amiga que el chico que le resultó guapo e interesante me gustaba, no supe nada más de ella, como dije… adiviné que me traería problemas. Nunca pensé que alguien como él fuese, en definitiva, tan extraordinario. Tan diferente y extraño… tanto, que no lo se describir, contradictoriamente: era normal en él. Caí en la trampa y empecé a escribir. Como cuando eres pequeña y te enseñan a deletrear, pasas el día anotando cosas, poniéndole el alias al aceite, la sal y la pimienta… yo etiquetaba sus fotos con su nombre, recreándome en aquella niña pequeña que fui no hacia tanto tiempo. Tantas veces escribí que no recuerdo cuando fue la primera. Creo que el día que le conocí, quien sabe… eso fue después del primer encuentro. Siempre quise dejar de lado todo aquello y, por alguna absurda razón, no podía. Como también creo que dentro de mí pensé que en el preciso momento en el que yo dejara de quererlo… él seria quien retomara el sentimiento, era por culpa de esa típica pero estúpida idea. Tal vez, también por ese motivo, el nunca lo hizo… ni hará. La culpa siempre fue mía, claro está, por ser tan inteligente. Y suya, como no, por obligarme a demostrárselo. Insisto, demasiadas veces se me había pasado por la cabeza decirle todo eso, pero seguía siendo el ahora mi pasado más próximo, y el después un presente aterrorizante.
2/4/09
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario